2 de set. 2015

Article de l'ex-vicepresidenta d'ARCA, Mercè Truyols titulat: "El Monumento fascista".

Sorprendente resulta, cuando menos, el escasísimo nivel histórico-cultural del cual hacen gala personas que por su cargo, y posición pública deben de tener antes de pro­nunciarse con rotundidad sobre cual­quier tema ciudadano que ignoran v del que ni tan siquiera se preocupan de ave­riguar los orígenes, causas y razones de existir, no impidiéndoles ello el pronun­ciamientos de una sarta de sandeces y falsedades, Pues que tachar de fascista al monumento llamado del Crucero Baleares, situado en la placa de sa Feixina, demuestra con creces la falta de infor­mación, como se dice actualmente, y que yo denomino de conocimientos.

En ninguna historia del arte seria existe época alguna denominada «fascista» como estilo época cual el gótico, barroco, etc. Para nada. No figura tal denomina­ción porque no hubo ningún arte ni arquitectura fascista, ni en España ni en Italia, Alemania o Rusia. Cuanto acon­teció fue que por los años treinta surgió un movimiento modernista, con sede en la Bauhaus de Weimar primero y en Dessau después, que terminó forzadamente en 1932 Sus principios se basaba en la racionalidad y rigurosa funcionalidad distributiva, usando cemento armado y cristal, a la vez que evitando toda refe­rencia ornamental, tanto exterior como en el interior de los edificios. Su fundador fue el arquitecto W. Gropius, junto a un puñado de reconocidos profesionales, entre ellos Mies va der Rohe, Moholy-Nagy, P.Klee, Schlemmer, J. Albers, M., Kandtnsky, etc. Sus enseñanzas se difundieron por toda Europa, pero en especial en Alemania, Rusia y Austria, donde, además, ya habían tenido en el movimiento secesionista un principio de racionalidad simbolista; y fue por estos motivos, y no por otros, por los que el funcionalismo tomó carta de naturaleza con particularidades nacionales propias en estos países y en su vecina Italia, todos en pleno progreso económico y militar. Así sucedió que el racionalismo, fuere éste geométrico o funcional, era la tendencia del momento, al igual que el naciente "faccio" comunismo que casó a la perfección con las ínfulas constructivas y megalómanas de los dirigentes de estos países.

Pero no sólo en los mencionados países se construyó con semejantes principios y modas, sino también en las próxima Francia y España, pasando al otro lado del Atlántico, especialmente New York y Boston. En esos años y en esos países no había nada que ver con el fascismo. Simplemente, la arquitectura y diseño más novedoso, desde cualquier punto de vista que se mire, realizado en los años veinte y en adelante, en las ciudades más poderosas e influyentes del mundo, era el racionalismo. Con todo, cierto es que los países con régimen totalitario le con­firieron a este estilo un aire marcada­mente monumental, mastodóntico y grandilocuente, no exento de emblemas ideológicos, fueran éstos realistas o de glorificación del líder pero que, una vez limpios de tales añadidos, se observa una construcción racional muy acorde con las teorías y avances en materia de edifi­cación. De tal suerte podemos contem­plar edificios recuperados, limpios, don­de sólo unos insignificantes apuntes actuales convierten en lo que son: edi­ficios racionalistas de muy buena factura en San Petersburgo, Roma, Milán, Viena y Berlín. ¿Por qué aquí tenemos que ser siempre tan radicalmente distintos? Por ignorancia, nada más. Ese monumento, siempre en peligro de desaparición, es el único vestigio existente en las Illes Balears del racional simbolismo y fue proyectado por los reputados arquitectos mallorquines Francisco y Toni Roca, ads­critos al movimiento modernista, y la escultura simbolista realizada por Pep Ortell, restaurada en 1978 por Federico Subirachs, inaugurado todo el conjunto en 1947 y erigido con fondos procedentes de una colecta popular, promovida por Última Hora en apoyo de los múltiples familiares de los desaparecidos.
Luego, no es un signo ni fascista, ni franquista, por más que se levantara en plena dictadura, y no lo encargó el Gobierno, sino unos par­ares, El navío estaba en manos de los nacionales, sin duda, pero la mari­nería que lo tripulaba estaba formada por jóvenes procedentes de las Illes Balears i la edad no superior a los veintidós años que, sin comerlo ni beberlo, hoy permanecen en el fondo del mar y ni tan siquiera sus nombres surcan la pie­dra, como ocurre con todos los recor­datorios de fallecidos en Europa y Ame­rica por hechos de armas. El bloque monolítico tan sólo hacía alusión a pro­clamas patrióticas y escudos, propios de aquel entonces. Sin embargo, aprovecho aquí y ahora para exigir la restitución de la pieza escultórica que formaba parte del conjunto monumental, la pieza más simbolista de todas; un áncora con un ángel de melena larga abrazado lánguidamente a día, la cual ha sido reproducida en revistas de arte. Ha desapa­recido y en su lugar se colocó una cursilísima cascada/fuente de agua que cambia de colorines. ¿Dónde está?, ¿qué jardín, o piscina, adorna en la actuali­dad? No me digan que la han destruido, porque no me lo creo; era demasiado buena.

Cuando algo vale la pena, cosa al parecer tan difícil de catar por parte de políticos y nuevos ricos, se deben buscar soluciones y no destruc­ciones, pues con el «quítenme esto de delante» no se hace más que incurrir en otra terrible arbitrariedad. Somos el úni­co país que no quiere recordar, ni honrar, - muertos, por ser de derechas, si acaso lo fueron, o de izquierdas, qué más da eso para los padres, hermanos y parientes, al igual que cuando fallece un alcohólico o drogado, ¿pensarán los padres que como era escoria es lo mejor que le podía pasar?. Venga. Seamos cohe­rentes, y dignos, si es posible, con noso­tros mismos. Pienso que el monumento a las víctimas del Baleares nunca debe desaparecer de la memoria colectiva sur­gida de aquella madrugada del domingo 6 de marzo de 1937, de tragedia común para todos los palmesanos y paisanos de todas partes, que acudían en tropel al muelle, desesperados, en busca de noticias buenas o malas de algún familiar a bordo del crucero. Talmente como ocurre en todas las ciudades y pueblos civilizados de Europa y EE.UU., que con­servan sus monumentos funerarios con inscripción de los fallecidos del lugar, que es lo único que importa. Recuperar la memoria colectiva de cualquier pelaje, eso es cuanto necesitamos, y no papanatadas.

Mercè Truyols Zaforteza
Última Hora, 27-1-2002

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